A continuación, un extenso e intenso artículo de mi amigo DOG originalmente publicado en el excelso Mondo Brutto del que ya hemos hablado, y más concretamente en el número 29 del simpar magazine. Disfruten vuestras mercedes.
¡PERO CUANTO HIJO DE PUTA...!
El Insulto, la Descalificación y el Faltarse al Respeto.
Un repasito de DOG, sí DOG, ¿qué pasa?
“Más vale un día colorao que cuarenta amarillo”.
Voz castellana.
¡Sorpreeeesa! ¡Sorpresiiiita! Ja ja ja ja. ¿Qué?, bribones, aquí, culturizándose un poquito, ¿no?. Pues muy bien, pero permitan que me inmiscuya durante un ratito en sus agudas reflexiones, porque, aunque esté horrible, algún día teníamos que hablar en Mondo Brutto del concepto insultar. Pero sin faltarnos, ¿eh? No, no pongan esa cara de gilipollas, que vamos a analizar, someramente pero sin pelos en la lengua, un fenómeno tan humano y tan español como el de descalificarse, a voces o por lo bajini, unas personas a otras. Sin mejor motivo que el hecho de que a éste, su perruno servidor, le salga de los cojones, hoy hablaremos de las faltas de respeto, de las descalificaciones de toda índole, de los motejados inconvenientes, de los comentarios zafios, del vocabulario malsonante, de las expresiones más chuscas e hirientes; sin olvidarnos de la puntualización achulada y ofensiva, del habla de germanías, de la injuria gratuita e inicua, de las voces rufianescas, de los gitanismos, de los vituperios inoportunamente gruesos, de los modismos más horriblemente sexistas, vetados e incorrectos, ni, por supuesto de la palabrota pura y dura. ¡Ah!, una última advertencia preliminar: no debe abordarse la lectura de este artículo pensando en ninguna persona física en particular. No me sean tarugos, aquí leerán burradas atroces, tal vez, tal vez... Y seguramente lamentables ejemplos de la pésima educación y el escaso tacto que nos caracterizan, pero piensen que hablamos de un lenguaje popular, por más que nos duela, tremendamente extendido, así como de una constante cotidiana en nuestras vidas. Además, contrariamente a lo que dice el cabezabuque de Los Planetas, las palabras nunca deberían hacer daño. Que son sólo eso: palabras. So pollinos.
¿TÚ QUE MIRAS, PAYASO?
¡Tú! ¡Sí, tú!, gafotas desnaturalizado... Que pena de chico, este Manolito cada día más merluzo y más melón. Vamos por partes, anormales, lo primero que tenemos que tener claro es que insultar mola. ¿O no? Yo soy un simple perro escasamente instruido, pero hasta a mí me da en la nariz que esto de insultar lo llevan en la sangre los seres humanos, no digamos ya el españolito medio, de toda la vida. O sea desde la niñez, acémilas. Porque, como probablemente sepa hasta el más bodoque de entre ustedes, pocas cosas hay que le gusten más que a un niño que proferir tacos a gritos. Ahí están ese clásico cacaculopedopis, o el no menos típico de toda infancia española ¡putaputaputaputaputaputaputaputaputa!, dirigido a la monja o a la tata. Hablando de niños, por algún motivo humano que se me escapa, la infancia se considera “tierna edad” o bien se dice que “los niños están para comérselos” y que “son muy ricos”. Delirios humanos, obviamente, porque el ente “niño” es (debe ser, salvo retardo, tara o minusvalía) un cabrón con pintas, en el mejor de los casos un hijoputa salao. ¿Por qué? Pues por qué va a ser, borricos, por la sencilla razón de que no conoce la presunta diferencia que entre Bien y Mal y, claro, se conduce al dictado de sus impulsos. ¡Mosquis!, que desde toda óptica no infantil el niño es un ser amoral. Multiplíquense por cero y volvamos a los insultos infantiles con un caso práctico. Pensemos, por ejemplo, en Felipito, un ceporrote grandote, fofo y bonachón que a sus cuatro años es el ojito derecho de papá y mamá. Una noche que papá ha vuelto cansadito y algo borrachín del trabajo al pobre gañán se le escapa un “hijoputa” al ver en la tele a Santiago Carrillo en presencia del pequeño ignorante, así que Felipito se pasa el día dando la murga ¡hijoputa! ¡hijoputa! ¡hijoputa! ¡hijoputa! por toda la casa mientras va manchando las paredes de caca. Horroriza a las visitas y a los parientes con sus retahílas de ¡hijoputa!’s, espanta a la maestra vociferando ¡hijoputa!’s, se lleva un bofetón y acaba meándose en la cama. Por subnormal. Es que no hay manera. Pero a lo que íbamos con el ejemplo de Felipito, como no hay nada que excite más la atención de un infante que lo prohibido, lo secreto o “las cosas de los mayores”, el insulto, la palabra guarra, la expresión gruesa, el modismo ofensivo y las barbaridades que se dicen las personas adultas para faltarse se convierten de inmediato -a fuerza de “eso no se dice nene”, “te voy a lavar la boca con estropajo” o “demonio de niño, tiene la boca más negra que el orto”- en objetivos preferentes de la gente menuda. Que suele tener muy mala hostia.
Queríamos decir, que algún zote no se habrá enterado todavía, que esto de insultarse con enjundia es una cosa de mayores. Los niños, angelitos, no hacen más que repetir lo que oyen a sus padres y educadores, es decir lo que les dicen por la tele. Espabilad, mendrugos, que no os enteráis de nada. Y, pronto, caen en la cuenta de que esto de insultar es divertido. Muy divertido. Que las personas se parten de risa a costa de los insultados, cuando no son ellas mismas. Es lo que tiene esto de insultar, que es unilateral, por eso resulta tan grato. ¡Tira p’alante cacho cabrón! Uno lo suelta y se queda tan a gusto. ¡Mira el bastardo fascista ese de Josemari siempre riéndose como una comadreja! Que pena. El insulto, la expresión malsonante dirigida al otro o la injuria porque sí, según nos relatan los sabios en sus sesudos tratados y como inferimos de la lectura de la Biblia, nacen de la frustración, de la envidia, de la ira, del complejo de inferioridad, de la impotencia, del odio, del resentimiento y de ese tipo de sensaciones. Cierto, pero tampoco podemos olvidar que insultar desahoga, hace gracia, en ocasiones contiene una Enorme Verdad y nos permite, por un instante siquiera, igualarnos eficazmente con nuestros semejantes, los insultados. Que son todos unos putos comemierdas. Sí, energúmenos, el humano insulta con la intención de provocar, herir, romper, molestar, menospreciar o hacer befa y mofa de sus semejantes o de sus lectores. Aunque en el fondo sepa que son tan ridículamente infelices como él. Desde tan canino punto de vista, de alguna manera se podría decir que son ustedes como insultan. Patéticos. Así que atiendan, mamarrachos, que vamos a repasar brevemente las diversas modalidades del arte de insultar. Arte sí, pues hasta para faltar hay que tener estilo. Y saber estar, que estáis abucharaos.
¡AY, CACHO PUTA, QUE GORDA ME LA PONES!
La del insulto sexual es, sin lugar a dudas, la más popular variedad del vilipendio oral patrio y, a todas luces, nuestra favorita desde un punto de vista onírico. Bien, según algunos estudiosos sería también la más humorística. ¿Y qué? Pero, cuidadín, que no nos referimos a esos vilipendios en los que están pensando ustedesvosotros. No cuentan como descalificatorios esos jadeantes “¡aaargh! sigue, sigue, cabronazo, clávamela bien dentro”, ni los sicalípticos “¡no!, no te pares ahora hijo de perra!”, ni tan siquiera clásicos eternos como el “¡bombea guarra, bombea!” o el “¡pero qué que zorra eres como mueves el culo!” que, si acaso, serían galanteos de alcoba en su versión más explícitamente íntima, pero faltas de respeto jamás de los jamases. Que no, jumentos, que no, que aludimos aquí a otro insulto sexual, mucho menos excitante, pero, ojo, no por ello exento de unas enormes posibilidades cómicas. La descalificación en materia sexual, el símil cerdo, la calumnia sexista o las más estremecedoras faltas de respeto a colectivos sexuales enteros, a priori superrespetables, son el pan nuestro de cada día. A ver si nos vamos enterando, merluzotes.
El Insulto Sexista y la Violencia de Género Oral
Generalizando, generalizando, este insultante género se define por faltarle al respeto a la mujer por el mero hecho de serlo. Y porque son todas unas putas. Desde un punto de vista psicoanalítico y froidiano tendríamos que hablar, antes que de insultos sexistas, de “proyecciones indecorosas y narcisistas del complejo de pene pequeño”, tan acendrado por cierto en el varón español heterosexual medio. Mira como mueve el culo, esa furcia va pidiendo nabo. Aunque tal vez no se trate más que de ignorancia viril ante el Misterio Femenino, que el caballero, encajonado en el estrecho horizonte que marca su falo erecto, muchas veces no alcanza a comprender del todo. ¡Cuanto más idiotas más guarras! Así, lógicamente, llegamos a la conclusión de que las rubias son esencialmente tontas, todo lo más un sugerente florerito sexuaarl; que esa morena sonriente no es sino un putarracón de letales intenciones sicalípticas; por no hablar de las pelirrojas, peligrosamente lascivas y notablemente aculturales, pero siempre dispuestas a partirnos el corazón. Este tipo de insultadores -que serían un poco todos- generalmente se relacionan poco y mal con hembras y de ahí, curiosamente, les vendría ese miedito y ese írseles por la boca el Fuego de Kundalini. Si esas mismas calentorras iletradas, por algún milagroso giro del destino, decidieran charlar un rato de buen rollo con nuestro hombre, no digamos ya si le aliviaran bucalmente el priapismo, se convertirían de inmediato en “una chica maja e interesante”, “una piba molona” incluso en “mi dulce princesita”. Que se han dado casos. Y tú no mires así a mi tronca que te parto el alma, desgraciao. De este pringoso estilo vituperador podríamos poner miles y miles de ejemplos, pues no en vano la sociedad humana patriarcal ofrece constantemente cacofónicos ejemplos. Que chungo, una tía de jefa, seguro que es una cabrona. Ya se sabe que la mujer en casa, con la pata quebrada. Que no dan para más, joder, que son tías al fin y al cabo. De todos modos, a medida que los humanos, ellos y ellas, avanzan en su imparable conquista de libertades y espacios para la ciudadanía, hemos podido constatar que éste sexismo celtibérico inmemorial, lejos de reducirse, se está trasladando también al lenguaje de las quinceañeras, que repiten los clichés de sus mayores pero aplicados a sus rough & tough compañeros multirraciales de parque y discotecón. Unos piensan con la polla y otras no quieren más que carne en barra, ¡joder Facundo como está el mundo! Vale. Y si no me creen, díganme una palabra con más sinónimos fuertes que la voz “puta”. ¿Eh? ¿Y denominaciones vulgares para el acto de la cópula sexuarl? Y tú, ¡deja ya de tocarte!, pajero asqueroso...
La Descalificación Homófoba y el Lenguaje Ambiguón
Esto sí que es grave, más aún: intolerable. Atiéndanme bien, pintamonas, que esto es para mear y no echar gota. Que por el mero hecho, natural, normalizado, si me apuran un poco casi lógico, de que un caballero decida vivir libremente su sexualidad a la moda con otros bellos muchachos o de que una mujer opte por hacer guarrerías preferentemente con féminas masculinizadas, se descalifique y denigre gratuitamente a esas personas atentando contra su honor y su intimidad como colectivos con una opción sexual en concreto, es algo que nos repugna e indigna. ¡No a la Guerra! Son personas, no maricas ni tortilleras. Ni julandrones, ni comechochos, ni bujarras, ni invertidos, ni afrancesados, ni hinchapollas, ni bolleras, ni mariposones, ni truchones, ni marimachos, ni machorros. Ni sarasas, ni bujendis, ni machurronas, ni adamados, ni hueleculos. Ni mariquitas, ni moñones, ni mariconas. ¡Por Dios santo, que son personas humanas! ¿Cuántos desfiles del Orgullo van a hacer falta para que nos entre en la mollera? De todos modos, no seáis tan guarris ni tan zorris, que en este campo ha sido mucho lo avanzado gracias a la democracia y a la televisión. Donde antes nos decían que había un pervertido con el infundíbulo anal hecho un desastre, ahora nos muestran a un hombre guapo, que se cuida, que se depila cuidadosamente las cejas y que vive con plenitud su sexualidad al estilo de Urano. Pobre hombre, el hijo mayor le ha salido más maricón que un palomo cojo. Lo que ayer su padre, de usted, llamaba, tras expeler un violento cuesco salpiconero y expulsar un gapo verde arrancando materia pulmonar, un bar de guarras y de maricones, ahora perfectamente puede denominarse un divino local de ambiente supercool. De Estambul y con techno inteligente. No te agaches a por el jabón que Alejandro es maricón. Porque ha sido mucho lo que se ha luchado y, por fortuna, conceptos como gay, homosexual, chapero, entender, petardear, salir del armario, moñear, Fiesta de la Espuma, Día del Centurión y otros de ese mismo jaez están perfectamente integrados en la vida diaria del celtíbero medio, aunque sea de boquilla o por la tele. Porque luego a muchos les sigue traicionando el subconsciente carpetovetónico. Y van con el culo pegao contra la pared. Paco, Paco, que todo se pega menos la hermosura. Pasa uno por una obra española de las de toda la vida y, más pronto que tarde, no es raro escuchar un ¡Tira más fuerte Ambrosio Jesús, que estás amariconao! ¡Putos peruanos!, junto a expresiones más gruesas que, tal vez, deberíamos enviar al apartado anterior y que sin duda se estarán imaginando, puercos. Que tenéis menos fuerza que el pedo de un marica. En cualquier bar de nuestra geografía un sábado por la tarde, si está puesta la tele, escuchamos “ja, ja, ja mira que barba ridícula tiene la maricona esa” cuando no un “el julandrón del piano, ese si que es gilipollas”. Es que a uno se le quebranta el ánimo, coño. Ahora bien, dejando a un lado esa corrección política que todos llevamos tan a gala y hablando mal y pronto, para el español el gay es un puto maricón, una bujarra guarreras o un muerdealmohadas que pierde más aceite que las bodegas del Prestige. Me cago en Dios si es que parece que haya que ser julandrón para salir por la tele. Ciertamente y las lesbianas, sucias tortilleras, camioneras machorras, gordas comecoños o bolleras haciendo la tijereta. Es muy triste, pero desde mi canino punto de vista, habrán de pasar generaciones troqueladas por la nueva propaganda, hasta que el ciudadano y la ciudadana de a pie piensen sinceramente en el marica como en un igual o para que vean a las bollos como personas completamente normales. Tan normales como lo puedan ser ella o él. Entre tanto, como dicta la Ley de Mahoma, tan maricón es el que da como el que toma. Julais.
La Burla a propósito de la Disfunción Eréctil y la Infidelidad Sobrevenida
Desde el Siglo de Oro hasta hoy, dos aspectos tan cruciales para entender la riquísima sexualidad del varón hispánico tradicional, el cumplir como un hombre en el tálamo y la posesión excluyente de la compañera, se han convertido, subvertidos, en objetivo de los más envenenados dardos verbales. De hecho, como todos los perros sabemos, no hay nada que ofenda más a un español con los dos cojones bien puestos que la más mínima sombra de duda sobre su hombría y virilidad. Porque a mí a cojones no me gana nadie, que tengo más cojones que Tejero. Sí, el hombre español es un poco más hombre que el resto de los hombres, eso es indiscutible. La testiculina, el por cojones, el me lo hago con la rabo, el échale huevos, el con dos cojones y un palito, el tentarse la masculinidad, el harás lo que me salga del cipote, el se me pone en la punta del cimborrio o el pasarse el Arco del Triunfo por el forro de las pelotas, son ejemplos, creo, suficientemente gráficos. Que cada perrito se lama su cipotito y, entre tanto, que tu señora me saque brillo al sable. De todo ello se infiere, hipotéticamente, que el insulto más grave que se le puede decir a un español es, en principio, ¡impotente! Quita de ahí, que te aplico un mawase que te arranco la cabeza, subnormal, impotente será el babas de tu padre que no ha podido hacer más que un medio hombre como tú. Pichafloja, mingafría, soplapollas, pichafría, polliblando, pitopaúsico, pichimustio, pinchaúvas o picholín. Una lista larga y estremecedora. Y aunque ahora todas estas patologías tengan cura (con una onerosa gragea que, por cierto, anuncia un negrata polla loca que hace a carne y a pescao) siguen estando muy feas y llevándose con muy poca dignidad. No olvidemos que con buena picha bien se jode. Salvo que seas colín, picoliso, pichulín o pollacorta. Con mucha menos dignidad todavía se llevan los cuernos, la cornamenta o los adornos. Esto sí que es grave, señores. Volvemos a lo de antes, el caballero español que venimos glosando, en el bar, puede llevar a gala sus grotescas canitas al aire, sus torpes tocamienos, sus felaciones de 15 euros en la Casa de Campo el sábado si ha ganado el Madrid en el Bernabéu, sus tirarse con el portero y el presidente de la comunidad a la paralímpica cachonda del segundo izquierda, pero como empiece a oler a cuerno... Ja, ja, ja, pobre tolili su mujer se la chupa al polaco del Butano y al gitano que vende Lacoste’s y el mamón ni se entera: va por ahí rompiendo los marcos de las puertas. Viejo que con moza casó, vive cabrito y muere cabrón. No te jode, el hijo de la leche de mil padres. Sí, ahora que caemos en la cuenta, cornudo es mucho más severo que impotente. No digamos ya esa liberalidad del cornudo consentidor o de las “situaciones modernas”. Aunque no oigo que soy cornudo, señora, bien se ve que vos sois puta. Más puta que las gallinas. De hecho uno de los Cuatros Insultos Básicos del Español Común (Alfabeto Tradicional) -gilipollas, maricón, cabrón y puta- es precisamente ese cabrón que, si olvidamos por un instante su gran riqueza polisémica, designa al buco, sea cornado, cabestro, cornúpeta, corniveleto, corneto, cornicorto, cornigordo o cornucopia. Al Español Ultrajado en su Honor, en suma. Pero alto ahí, mastuerzos, que por mucho que nos duela la frente y nos pesen las defensas no podemos olvidar nunca que en todo este asunto lo más grave no es que le pongan a uno los cuernos, si no que la gente te saque los cuernecitos. ¿O no?
La Metáfora Sexual Malsonante y el llamar al Atributo Genital por su nombre
Como seguramente sabrán, pese a su marcada tendencia a no enterarse de nada, muchas veces hacemos uso de las expresiones más cochinas sin ninguna intención lúbrica, inclusive sin propósito vejatorio o ridiculizante. La rica tradición de nuestro vocabulario más tabernario se define también por su poder metafórico y evocativo pese a ser tan paradójicamente denotativo en apariencia. ¿Qué queremos decir con esto? Pues eso, simplones, nada más que eso; por ejemplo, que cuando exclamamos “a mí lo que haga Luis me suda la polla” no nos referimos exactamente a nuestro sudoroso miembro, si no al profundo desinterés que nos producen las estúpidas actividades que desarrolla el tal Luis, lastimoso pijo revenido y moderniqui. En este terreno, casi huelga decirlo, el ingenioso hidalgo castellano o andaluz se lleva la palma frente a sus semejantes a nivel europeo o planetario. Por cierto, el japonés es el idioma con menor presencia de insultos, injurias y descalificaciones. Vale, pero no te tires el pisto, Calisto, que de esto controlamos todos. Un coñazo no siempre es un chocho enorme, a veces es un pestiño, aunque un papo gordo pueda ser, además de una generosa raja, un entuerto de proporciones casi bíblicas. Parece una cosa como de coña. Pero no nos hagamos la picha un lío, porque está claro que muchas veces caemos en el onanismo mental de manera sublimada sin darnos ni cuenta. ¡Bah!, a ese te lo follas en diez minutos, nunca ha pasado la fase del Castillo de los Nazis. Son arranques espontáneos del habla popular que nos dan pistas sobre lo que late en el fondo de estos conceptos en la loca cabecita de los españolitos y sus compañeras. Esas a las que se les hace el chocho pepsicola con Bisbal. A ver, tolais, ¿cuál es la expresión despreciativa por excelencia entre nosotros? Pues sí, obviamente el clásico “que te den por el culo” (por donde amargan los pepinos, por donde la espalda pierde su casto nombre, por detrás, por ahí o por saco, dependiendo de que nuestro interlocutor sea más o menos... Flanders), que, como bien saben ustedesvosotros, no implica necesariamente que el injuriado deba ser fieramente sodomizado contra su voluntad. Que molaría. Por el culo te van a dar tí, que además te gusta, mariposón. Yo es que me parto el culo con estas cosas, como les decía antes, fantoches. Otro aspecto semiológico, digamos curioso, sobre el que quisiera llamar su atención es la enorme cantidad de sinónimos que la ciudadanía, tan secular y jovialmente iletrada, ha encontrado para designar las partes blandas. Desde la grimosa atrocidad de los “nombres oficiales” pene y vagina (¿se concibe algo menos connotativo?), al tontipopismo de colita, agujerito, cosita, pajarito, chuminí o pito, hasta alturas poéticas de variadísimo gusto picante: felpudo, nardo, llaga, mástil, potorro, porra, parrús, chuzo, púa, seta, aguijón, hoyo, zemeque, chirla, cimbel, chupajornales o cipote, por enumerar unas cuantas al azar. Aún diría más, hemos alcanzado un desarrollo tan específico en este corpus sinonímico que casi es preferible cogérsela con papel de fumar cuando se mienta la bicha. Para que me entiendan, borregotes, no es exactamente lo mismo “Ja ja ja, 4-0, les hemos dado con todo lo gordo”, “Mira Antonia que grano más feo me ha salido en mitad del miembro”, que “Ven p’acá leona, que tengo el mango duro”, aunque en ninguno de los tres ejemplos se nos haya caído la minga de la boca. Y, sin embargo, el caballero se molesta, incluso se horroriza, cuando oye a sus compañeras aludir, en lenguaje fuerte, a la “fábrica de chiquillos” (como diría El Payo, una autoridad chusca en esta materia). Me duelen las tetas de tanto reírme. Que lo sepas, Pepe: tu opinión me la paso por el chichi. Y no voy a comer con tus padres porque no me sale del coño, ¿te enteras? Eso por no hablar de los diferentes términos que emplean nuestros conciudadanos andaluces, extremeños, gallegos o canarios, que nos saldríamos de la página diciendo porcahonadas en dialecto. Qué decir ya de los exóticos neologismos sexys que cada día incorporamos gracias los hermanos latinoamericanos que trabajan precariamente a nuestro servicio. Que al fin y al cabo de tal palo vienen. De la concha de la Madre Patria.
ANDA Y QUE TE ONDULEN, ¡BABOSO!
Otra fuente inagotable de injurias, maledicencia y habla gruesa la encuentra el ser humano en sus propias diferencias. Tontainas, que todo lo distinto es potencialmente insultable, procedimiento sin igual para reafirmar sanamente la intrínseca y raqúitica mismidad de uno mismo con su propio mecanismo. Para mí la perra gorda. El “otro” siempre es un teórico enemigo al que poner en sus sitio a las primeras de cambio, muy posiblemente con una eficaz alusión a sus taras, minusvalías, singularidades o discapacidades. Hostia puta, que estáis apollardaos. En este fértil campo, pese a los injertos de corrección y el abono constante con eufemismos de toda ralea, seguimos recogiendo magníficas cosechas lingüísticas. Ninguno de ustedesvosotros, bobalicones sin personalidad, lo reconocería en un talk-show de la tele y mucho menos en una encuesta de Demoscopia sobre los Hábitos Mentales de los Españoles pero lo cierto es que piensan así. Y por eso se expresan de aquella manera.
El Desprecio de otras Anatomías
Si prestan atención por una vez se darán cuenta con regocijo de que todas las partes del cuerpo humano son susceptibles de convertirse en un arma arrojadiza en materia de descalificación y ataque preventivo. Fíjense sólo en las cabezas. El puto calvo, el cuatropelos, el jodío melenas, el guarro desgreñao, el ricitos de oro, el pelanas subnormal o el fantasmón pelopolla. Orejón, orejotas, tobías, soplillo, Dumbo. Bizco, bisojo, estrábico, cegato, cuatro-ojos, bizqueras, bizcorneado, burriciego. Cejijunto, gavioto. Bocahucha, buzonero, boquita de pitiminí, bocota de puta. Dentón, mellao, conejo, rata de cloaca. Cabezón, cabezoto, cabezudo, frankenstein. Narigón, narizotas, Góngora, narigudo, tener más narizoto que Fernando Márquez antes de operarse, tener la nariz más risible que El Zurdo después de operarse. Mofletudo, carapán, carapaella, jibarín, carapija, carabollo, caragüevo. Jeta. Hocicudo. Nasón. No se cansa uno de encontrar epítetos. Carapuerco. Malencarao. Pues con el resto del cuerpo podríamos seguir en este plan, que es infalible, durante horas y horas. Pies planos o pies cabos, ambos sirven, al igual que los pies de burro y las patorras de elefante. ¿Qué decir de los genitales externos sin repetirnos? Casi mejor, nada. Brazicorto o patilargo, tanto da. Cuello de toro, cuello-aceitera o cachocarne sin cuello y sin luces. Enano, achaparrado, fifiriche, chiquilicuatri, canijo, tapón, monicaca, tagarote, pelotilla, tirillas, piojo, pocacosa. Larguirucho, jirafón, jacapaca, Rompetechos, gigantón. Escuálido, cachalote, sebitas, esqueleto, mantecoso, raspa, gordopilo, escuchimizado, saco de grasa. Jorobado, chepudo, giboso, jorobeta. Por no hablar de los culos gordos o fofos, tradicional pecado mortal estético en ellas y últimamente severo hándicap ético en ellos. Especialmente si son maricas. Quita, quita, que tiene más culo que mi abuela. Ahí hay cuero para forrar dos balones de baloncesto. Chst, bonita, que con menos culo también se caga. Culibaja y pechugona, casi seguro putarracona. Pecholata. Barrigón. Parece mentira, zoquetes, pero precisamente en nuestro elevado estadio de civilización actual, cuando el que más y el que menos es consciente, pese a la generalizada cortedad de miras que nos asola, que las personas debieran ser juzgadas por sus intenciones y sus actos y apreciadas preferentemente por su riqueza interior y sus valores, se persiga cada día con mayor ahínco un ideal estereotipado de perfección estética, literalmente absurdo y, sobre todo, feo, tremendamente feo. Más feo que un feto mal parido y más soso que una ensalada de mazapanes. Un Quasimodo, un gusarapo, un espantabutes, el Yeti. Es una situación que repeluzna, pero hay que pensar en positivo, haraganes, y este campo concreto de la vejación oral, en el futuro, sólo puede depararnos maravillas: infraseres recauchutados, pedorras estiradas, paletos remendados, vacaburras reconstruidas, gladiadores lipoesculpidos, abortos de silicona, Ana Obregons o la Duquesa de Alba. Entre tanto nos contentaremos con vituperarnos por la cara unos infraseres a otros hasta componer un espectáculo circense denigrante. Que sigue siendo lo que más nos gusta. Véase Crónicas Marcianas.
La Injuria en razón de Minusvalía
Que bochornoso suena, ¿verdad? Pues es un aspecto esencial de nuestra cultura descalificadora, mamertos. Desde tiempos inmemoriales el tullido, el cojo, el tarado, el subnormal y el idiota han sido objetivo prioritario de insultos para todas las personas sin excepción, incluidos familiares y amigos. Mira que tiene mala baba el cojo cabrón ese de la tele. Cualquier persona handicapada -que horrible anglicismo- o discapacitada -que infame neologismo- nos resulta chunga, nos parece obviamente resentida con motivo de su minusvalía y la tenemos por un ser con peor hostia que el resto de la gente, que ya es presumir. No se fía ni de su puta madre el jodío ciego. Es así, por mucho daño que nos haga, melercios. Por fortuna estamos superando esta tara nuestra en los foros internacionales gracias al dominio global estadounidense. La ejemplar tradición de corrección política, la nauseabunda hipocresía y la sedación del cuerpo social tan características de los amos del mundo se han instalado definitivamente en las colonias. Hoy es inconcebible oír en televisión palabras como cojo, manco, muñones o tullido, si me apuran ni siquiera paralítico. Por no hablar del patizambo, del patituerto o del patachula. Así, por ejemplo, en la inquietante figura, tan nuestra, del poliomelítico con alzas vemos ahora una severa minusvalía en las extremidades inferiores que nos mueve a la solidaridad y a la condena de toda forma de violencia que no sea la legalmente constituida. Que es muy triste nacer con un brazo a la remanguillé, con una cabecita de jíbaro o pisar una mina antipersonal Made in Spain en una selva del tercer mundo, sí. Pero peor es no ser persona, se lo dice un perro. Ja ja ja, en casa nos partimos la polla con el traductor para sordomudos. Que ascopena, Arévalo haciendo de gangoso en un spot publicitario de caridad. Pero mucho ojito con reírse de los subnormales, ¿eh?, que la gente últimamente se ofende una barbaridad con eso. No deja de llamarnos la atención que lo que hasta ayer se veía como una desgracia, una calamidad fruto de la ciega providencia, un castigo que asumir con la máxima dignidad posible, hoy se utilice tan abyectamente para reconducir los sentimientos de las masas. Atiendan, mongólicos, que el que subnormal nace de subnormal hace, lo demás es caridad cristiana o pamplinas. Sin olvidar, como sabe cualquiera, que el subnormal está mucho más salido de lo normal. Palabras y expresiones tan gratas y tan nuestras como demente, orate, locatis, ido, majara, estar p’allá, delirar, ido de la olla, lunático, mochales, turulato, zumbado, perturbado, enajenado o como una puta cabra han desaparecido de “la lengua oficial” barridas por la pandemia eufemística. Y están locos si creen que voy a seguir por ahí, que se me amarga la lefa. Otra cosa, tal vez, sería la idiocia y sus múltiples manifestaciones léxicas, y no me refiero precisamente a la de discapacitado intelectual o minusválido cultural. Pero como esto se lo sabe hasta el lector más cerril, yo tiro comodín. Pan con pan comida de tontos, así que con su pan se lo coman, botarates.
El Ataque Verbal Xenófobo
Gracias a las democracias verticales sabemos que todos los seres humanos son iguales y tienen las mismas oportunidades. Magnífico, precioso, genial. Y, además, nos hemos dado cuenta de que todas las razas humanas son igualmente iguales. Aunque unos sean negros, otros más grandes, otros más matones y otros más cirullos. Si antes constatábamos que las más leves diferencias anatómicas pueden provocar un torrente de palabrotas, pues incluso oligofrénicos como ustedesvosotros se pueden imaginar lo que sucede con las peculiaridades raciales. Esa golfa sólo va con negros, mira que le gustan los pollones. Pues no, mangurrinos, no, el aséptico negrata, el paternalista moreno o morenito o el clásico puto negro se han transmutado en el pastelero afroamericano o en el ridículo subsahariano. No sean mulos y piensen por un momento que, en cualquier caso, el negro es de color negro. O que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. A mí es que los negritos me hacen gracia: parecen monos. Pues claro que sí, mujer, al igual que los amarillos son todos chinos. Y traicioneros. Tiene cojones que un hecho tan simple, tan natural y tan antiguo como la autoafirmación racial e infracultural de los pueblos a partir de la descalificación del resto de las razas, pretendan enmascararlo con un lenguaje de predicador que chirría más que Boris Izaguirre leyendo el Playboy. Joder que chungo, arranca, arranca que vienen los gitanos. Quita de ahí, puto mororierda. Por no hablar de la problemática con los sudacas. Que también tiene su aquél, sean indios, blancos o conguitos. Manda huevos lo finos que nos hemos vuelto para estas cosas de puertas para fuera. ¡No son españoles son hijos de puta! Y hasta aquí puedo leer de la tarjetita.
ESO SE LO CUENTAS A TU PUTA MADRE, ¡MONTÓN DE MIERDA!
Ya hemos comprobado, en éste apresurado y superficial repaso, lo fácilmente que caemos en la descalificación desde una óptica sexual o a partir de esas diferencias que nos convierten en personitas concretas. Los más perspicaces, si es que hay alguno, habrán notado que apenas hemos hecho referencia al apasionante mundo del Sistema Excretor, manantial inagotable del acervo léxico más cerdo, de las más celebradas expresiones puercas y del delicioso humor malsonante en general. Les recuerdo, alcornoques, que el tema lo glosó con especial acierto nuestro unicejo colaborador John Tones en el número 24 de ésta, su faltona publicación favorita. Os jodéis que también vamos a pasar del apasionante mundo de la descalificación por comparación animal. Zopencos. Por lo tanto, toca ahora echar una ojeadita rápida a la tercera columna que sostiene el sagrado Templo del Vilipendio: lo que hace la Gente. Que no nos habíamos olvidado, pasmaos.
Esas Conductas Insultantes
En principio serían todas aquellas que glosó la extraña pareja Grace & Galactus en su estupendísima reflexión sobre los Pecados Capitales de los Españoles del anterior MB. Así y todo, nunca está de más abundar en el vituperio contra estas lamentables realidades. Que sois unos primaveras. Estos insultos no es que nos gusten, que nos encantan, es que se nos llena la boca al decirlos. Joder que asco de tío lameculos, si es más pelota no nace. En general toda actitud servil, sumisa, arrastrada o humillada provoca en las personas de bien la más abrupta y desabrida falta de respeto. Mira el infeliz de David, todo el día chupando pollas a ver si vende un cuadro. Aunque ahora nos quieran hacer pasar la inseguridad, el interés, la ausencia de escrúpulos, la ratería, la inteligencia emocional, la ignorancia osada, el cobismo o el cinismo con fines lucrativos como comportamientos modernos, siguen dando mucho asco, badulaques. Como la petulancia, la avaricia, el rencor o los celos. Ese es un cabrón interesao, como te descuides te deja a dos velas. Frente a este tipo de conductas, nacidas del egoísmo, la falta de luces, voluntad y carácter o el afán explotador del hombre por el hombre que nos ha impuesto el modelo social único, nos queda el consuelo del insulto, que además de un desahogo reparador, nos recuerda gráficamente la ruindad con la que se conducen habitualmente los humanos. Mira los hijoputas de Mondo Brutto, que putos chulos de mierda. El miedo: cobardica, acojonado, mierdoso, cagao, acocotao, cagaduelos, rilao, cagarrias. El latrocinio: chorizo, ladrón, banquero, político, gestor, apandador, recalificador, buitre. La envidia: rijoso, quiero y no puedo, cabrón con suerte. La mala uva: castigador, sobrao, faltón, malpensao, malhablao, bravucón, cacho cabrón, bellaco. El conformismo: achantao, lelo, pringao. La pena: llorón, patético, Kroy, lastimoso. La molicie: vago, desahogado, inútil, gandumbas, gandul, penco, zangandullo. La torpeza: risión, bufón, metepatas. La indiscreción: bocazas, boceras, bocón, bocotas, boquiblando, boca de ganso, puto chota. La falta de generosidad: cutre, huraño, genoso, acaparador, roñoso, gorrón, pedigüeño, zarracatín. El exceso de bondad: cachodepan, bueno de puro tonto, alma cándida, cagacirios, alma de cántaro. La escasa preparación: pardillo, cero a la izquierda, fanfarrón, mamagüevos. La falsedad: bolero, trolero, pegotero, somormujo, trapacero, más falso que una promesa electoral, incierto. La falta de luces: zombi, cuaco, pasmarote, papanatas, pelafustán, barbarazo, gaznápiro, papamoscas, trincapiñones. Hemos nombrado sólo unas cuantas, porque no tendría fín el listado de características de los demás que nos ofenden y agreden. Oiga, pero por lo menos podemos llamarlas por su nombre. Así que no me sean pijoteros.
La Descalificación Ideológica
Una modalidad que va cayendo en desuso en inversa medida a nuestra creciente y asombrosa apolitización. Ahora se puede ser facha por el puto morro y pasar por otra cosa más tolerante e ilustrada cuando sales por la tele, basta con hacerse el liberal, abrazar el centrorreformismo o tirarse el moco de cristianodemócrata. Ahora los rojos no llegan ni a coloraos, inmersos en esa tercera vía a ninguna parte que sólo está pendiente de cazar ratones eficazmente. Como diría el genocida de Tony Blair. Sátrapas, tiranos, verdugos, caudillos, carniceros, explotadores, usurpadores, matasietes y abusones siguen creciendo en el rico sustrato de los países en vías de desarrollo o pendientes de desarrollar, mientras nuestros hegemónicos dictadores sin escrúpulos de toda la vida pasan por venerables figuras históricas, que todo lo más en su día fueron un poquito tiquismiquis. La intransigencia, el totalitarismo, el fundamentalismo, el fanatismo y todos esos terribles ismos sólo lo son en función del estatuquo geopolítico del momento, de la coyuntura internacional y de la fluctuación del Euro en los mercados internacionales de tiburones. Por eso, muchas veces, la gente en sus casas no sabe a qué atenerse. Para que veas: don Manuel, fascista convencido y orgulloso de toda la vida ahora es un referente democrático y un puntal de las libertades. ¿Para esto hicimos una Guerra... ? Para que ese bastardo comunista y esas putas rojas acaben sentados en el Parlamento, otro Franco les hacía falta a estos muertos de hambre para saber lo que vale un peine, ¡me cago en San Pedro! Contra ETA, metralleta. ¡España, España, España! Es que parecéis débiles mentales, copón sagrao, no os enteráis que hoy en día, gracias a Dios y a los Fondos Europeos de Cohesión, se han cicatrizado ejemplarmente aquellas viejas heridas y ya nos podemos considerar, orgullosos, ciudadanos activos y de pleno derecho, de esos que respetan, aunque no compartan, todas las opciones políticas en concreto que la partitocracia ofrece en forma de papeleta. Y una polla como una olla. La gente puede decir misa, chupópteros, pero aquí lo que hay es una coalición de caciques y oligarcas frente a un grupo de grises funcionarios de regional preferente, y a las palmas, cuatro rojeras anacrónicos, impasible el ademán, y un par de organizaciones de terratenientes periféricos. Separatistas aparte. Sin olvidar un cuerpo electoral de batracios sin personalidad que, si acaso, puede adoptar formas inconsistentes de un nihilismo barato de ese que acaba sublimado en consumismo compulsivo, necia droga o coitos de pago. ¡Toma moreno! Por cierto, que ya que hablamos de la política y el insulto no podíamos dejar de hacer mención a Alfonso Guerra, brillante maestro de maestros en este campo. En cualquier caso, hay que señalar que todavía pervive, en algunos casos vive su apogeo, un tipo de insulto estrictamente ideológico: la descalificación clasista. Jesús Gil sería el ejemplo viviente más evidente, por no hablar de ciertos miembros del Gabinete. Escoria, muerto de hambre, chusma, plebeyo, los pobres, los descamisaos, destripaterrones, guarros, pelagatos, ese no tiene donde caerse muerto, gente poco moderna, andrajosos, gente por debajo del umbral de la pobreza, gualtrapas o gentuza, nuestra rica variedad terminológica ofrece sobrados ejemplos. Mindundis. Mucho más simpáticos nos resultan, sin embargo, otros motejados, nacidos en el arroyo, pero bastante más descriptivos: reaccionario, carcunda, faccioso, fascistón, hijo de puta fascista, cacicón, plutócrata, patricio, señorito, amo, latiguero, retrógrado o facha, simplemente facha. ¿A que te meto?
LA VERDAD SÓLO OFENDE A LOS IMBÉCILES
Y mi madre es una santa. Pero por hoy lo dejamos aquí, pelaburros, que se me están hinchando los perendenguengues de tanto explicar perogrulladas. Para saber más, como siempre, memos, es necesario acudir a los libracos. Empezando por Quevedo y Anónimo. “El Diccionario Secreto”, de nuestro desaparecido y obeso Premio Nóbel, es un must, como se dice ahora, y más cenutrio el que no se lo haya leído. El riquísimo refranero castellano, aunque el trabucaire de Agustín García Calvo haya demostrado que una de cada dos veces es reaccionario, nos ofrece magníficas oportunidades para la reflexión y la guasa. Ya en plan bibliografía específica, para personas que disfruten particularmente con estos vocabularios tan francos, les puedo recordar el algo trasnochadito pero majete “Diccionario de expresiones malsonantes del español” de Jaime Martín (Ediciones Istmo, 1974), “Florilegio de frases envenenadas. Una Antología de la Maledicencia” de Gregorio Doval (Ediciones del Prado, 1996) bonito y literario, el imprescindible “Inventario general de insultos” de don Pancracio Celdrán (Ediciones del Prado, 1995) o las obras de la terna docente Juan de Dios Luque, Antonio Pamies y Francisco José Manjón, “El Arte del Insulto” y “Diccionario del insulto” (ambos de la Editorial Península). Hay unos cuantos más pero como no los he leído me callo, que estoy más guapo. En el proceloso mar de Internet el insulto es una herramienta virtual perfectamente válida, que me lo digan a mí, otra cosa ya serían los “recursos culturales” al respecto existentes en la red en idioma castellano. Por recomendar, les recomendaría la demasiado breve http://jamillan.com/insultos/index.htm.
Pero no seamos gilorios, por muy chocarrero, malévolo u ordinario que nos pueda llegar a parecer, siempre será mejor un insulto espontáneo, una descalificación en caliente o una réplica con retranca, que la Dictadura de la Hipocresía, el Paraíso del Eufemismo o el Culto al Significante sin Significados. Que eso sí que es aterrador, mongolos. De dicho convencimiento ha nacido este sencillo, pero sentido, Elogio de la Palabrota. Y el que no lo quiera ver así es un gilipollas integral. Recuerditos.
Lo que has hecho es como recurrir al primo de zumosol. Pero el resultado es: aburrido.
Publicado por: Arthur Schopenhauer | 29/10/04 en 17:40
Que mal escribes, cacho pringao. El efecto que
pretendías conseguir se logra con puntos suspensivos,
no con dos puntos. En todo caso, entiendo que
te haya parecido aburrido, dado que cada tres líneas
tenías que parar para consultar el diccionario...
El Primo de Zumosol
Publicado por: DOG | 29/10/04 en 17:56
El resultado que quería obtener era EXACTAMENTE el que he obtenido con los dos puntos: un cambio más abrupto que el que se obtendría con los blandos suspensivos. Afina tu sentido de la puntuación, tontaina.
Publicado por: Arthur Schopenhauer | 29/10/04 en 22:59
No he podido venir antes porque he estado varios días sin tregua en una orgía (heterosexual, con perdón).
"Dog", a mí me parece, fíjate tú, que Arthur escribe: fetén. Me parece que escribe: maravillosa, extraordinariamente bien. Tú no eres nadie: para decidir quién escribe bien o mal. María Antonia puede: pero tú no. Vete: a los juegos florales de tu pueblo. Y el efecto que Arthur quería conseguir con los dos puntos es obvio que lo ha conseguido: 'hasta' tú has comprendido lo que quería decir.
Por tu anterior intervención y por esta me imagino que eres uno de esos lametraserillos -como diría el gran José María García- a cargo de Juan, que llevan su subordinación al extremo de declararse fans de él (pero fans de qué cualidades, por favor), de decirle a Juan que no está calvo sino que apenas apuntan en él unas entradas (sólo accesibles a la vista por medio de unas gafas de esas de tres dimensiones) o que es el hijo con mejor madre escritora desde Felipe González junior.
Este ladrillo se lo debe de haber mandado "Dog" a Juan, y, como nadie se lo ha leído ni se lo va a leer, "Dog" -por cierto, otro al que, desde el mismo nick, lo empieza a traicionar el subconsciente- viene a ladrar un poco, a ver si así alborota todo lo que no ha conseguido alborotar con su intentona de pelotear a Juan y a la vez ayudarle en su inexorable naufragio bloguero. Venga, Dog, que te mereces un hueso, de eso no hay duda. Seguro que alguien como tú tiene miles de amigos fuera de aquí. Todos lo sabemos, sí. Lástima que ellos no lo sepan, ya que por lo menos te podrían sacar al parque.
Juan ha colgado este ladrillo porque inconscientemente ya ha asumido que cualquier otro texto con más discurso se lo echaré por tierra de dos patadas. Juan, menos cortinas de humo y más afrontar la realidad. Como, con o sin diccionario, paso de leerme esa tontería, ajustaré las cuentas a lo de la envidia del otro día.
La envidia, como fenómeno dinámico, siempre ha de ser destructiva. Si yo te envidio por tu puesto de trabajo y por añadidura tengo razones para creer que ese puesto de trabajo podría ser mío, hay un juego de suma cero: si tú lo tienes, otro no lo tendrá, y viceversa el día que otro, impulsado por la envidia, te lo quite. Si Meri, llevada por su envidia a las finlandesas o alguna de por ahí arriba, se sigue vertiendo toneladas de tinte en el pelo llegará un momento en que otra quizá no pueda hacerlo. Ella, disfraz de enfermera mediante, siempre tendrá su sitio en algún sketch de Arévalo, aunque no sea un sitio de delegada de producción.
Ya sé que en la "vida" me pondrías sin miramientos en mi sitio. Y ya sé que en el Lejano Oeste hubieras sido el que más rápido desenfundaba, y que en la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas habrías sacado de la mina más paletadas de carbón que el propio Stajanov. Pero, ay, estamos en Internet, y, lo que es aquí, eres una nulidad. Lo único que sabes hacer es lloriquear y padecer repentinos cambios de humor.
Resulta paradójico que hable de si los demás te quieren o no y de inseguridades quien para que le hagan un poco de caso debe aludir continuamente al trabajo que tiene o a la vida que se pega. Que yo sepa, sólo te he atacado en lo tocante a lo que escribes en el blog. Excepto un par de veces no me he valido de datos que no pueda saber cualquiera que no te conozca y lea tu blog. Tu ineptitud para ceñir la discusión a sus proporciones dialécticas no es más que la prueba de la vacuidad de tu vida o de su escasa consistencia intelectual. Y deja de protestar por lo que pasaría fuera de aquí, que ya sabemos todos que los ladrones de gallinas no habrían terminado como tales si hubieran nacido Rothschild. Puedes llamarlo cobardía, esconder la mano, o lo que quieras, pero esto es lo que hay, colega (esto y tus tijeras, incuestionable exponente de tu arrojo y tu valentía).
Si en su día creaste este blog con la esperanza de recoger los parabienes de los cuates y de la familia, como si fuera uno de esos libros que hay en los restaurantes para que firmen los reyes, ya estás viendo que te equivocaste.
Publicado por: El Conde de Gamazo | 30/10/04 en 10:34
Coño, al final me voy a habituar a tu blog, Juanote.
Estos mendas te odian verdaderamente. Y a mí pocas
cosas me ponen tan cachondo como el odio (nota al margen: aquí, el infeliz de Schopenhauer hubiera dicho
"y es que a mí...", ¿lo coges Gamazo?). Me encanta, me sulivella, que me llamen lametraserillos de Juan. Mola. Máxime tratándose de un abrazafarolas profesional como yo. Y no te tires el pisto, Calixto, que todos sabemos
desde hace años que Juan es un puto calvo. Yo se lo
he dicho en su cara (y en su tonsura) un millón de veces. Más aún: (nótese la fina utilización de los
dos puntos) me he dejado melena para darle envidia. ¿Tú que tal vas de alopecia? Porque servidor, además de tener un pelo recio y vigoroso, es guapo y listo. Venga, tírame ese hueso. Infraser.
Guau, guau!
Doggy
Publicado por: DOG | 30/10/04 en 11:59
No "¿lo coges Gamazo?", sino "lo coges, Gamazo?".
No "¿tú que tal vas de alopecia?", sino "¿tú qué tal vas de alopecia?".
Es mi última palabra en lo que se refiere a este pesadísimo y farragoso perro.
Publicado por: Arthur Schopenhauer | 30/10/04 en 12:51
Por un obvio error mecanográfico eludí un signo de interrogación. Lo correcto es: "¿lo coges, Gamazo?". Y aprovecho aquí para saludar al Conde y declararme su adepto. Aunque, como ya he dicho, no suscribo su postura insultante y cerrada al diálogo, he de reconocer que escribe de puta madre. Es riguroso, ameno (nada que ver con los ladrillos perrunos de "Dog") y su prosa no tiene tacha (como buen sofista). He de reconocer, tal vez tristemente, que el Conde se ha convertido en el protagonista absoluto de este blog, en el que su creador ha pasado a ser un oscurecido personaje secundario. Así es la vida, Juan.
Publicado por: Arthur Schopenhauer | 30/10/04 en 13:04
"Es mi última palabra en lo que se refiere a este pesadísimo y farragoso perro".
Dijo el asno sangrando por la herida. Melón,
que eres un melón.
Guau, guau!
Publicado por: DOG | 30/10/04 en 13:06
"Por un obvio error mecanográfico eludí un signo de interrogación".
Ja ja ja... Menudo pringao. Juanote búscate enemigos
con más nivel, que estos son unos pollaflojas.
Publicado por: DOG | 30/10/04 en 13:08
Pero no es sólo que omita las comas de vocativo o las tildes o los signos de puntuación, sino que es redundante, tal vez como consecuencia de la poca claridad que hay en su cabeza y de la poca atención que es capaz de prestar.
"Nota al margen...", escribe. Si hablamos de notas, éstas siempre son al margen. Y si están al margen, se trata de notas. Además, el paréntesis (que por cierto después lo ha puesto en el sitio equivocado) ya recalca esa marginalidad.
"Recio y vigoroso": la redundancia en estado puro, dos palabras para decir lo mismo.
Se inventa términos (uhhh, ¿sulivellar?).
No sabe lo que significa "tonsura". La calvicie suele darse por sí sola; la tonsura se la hace uno.
En fin, este es el nivel que hay aquí. Un analfabeto devenido en maestro Ciruela. No me extraña que Claudia se enseñoree de este grupo como una Atenea cualquiera o que Domingas lea el currículo de Gómez Rufo y comience a dar palmas con las orejas. Perro, ya está visto que lo tuyo no es escribir, así que vas a tener que procurarte otra panoplia.
Aclaro de paso que a mí me da igual cómo escribáis. Si la línea evolutiva ha podido degenerar de María Antonia a Juan Domingas, también puede suceder al contrario. Sólo es cuestión de aplicarse. Al perro le contesto de este tenor sólo por ajustarme al guión.
Aparte, perro, ¿a mí qué me importa que seas listo y guapo? Listo desde luego no me parece que lo seas, pero si en efecto lo eres no te preocupes, que se evidenciará solo. Si eres guapo, te servirá para ligar en las fiestas de tu pueblo, porque aquí todos somos iguales. Luego decís que me meto con vosotros. Me lo ponéis tan fácil...
Lo más patético son esas maneras abruptas y díscolas con que quieres dar a entender que tratas de tú a tú al Domingas. O, a la manera del Domingas cuando éste repite con exageración sus conjuros, eso de adoptar voluntariosamente el papel de perro, como si fuera un rol cómico, cuando todos sabemos que es tu papel natural. Otro defecto que parece endogámico aquí es la poca firmeza: el Perro dice que está encantado, que se ha puesto cachondo, que se va a hacer habitual (como si la magnanimidad del jefe no te fuera en ello, enano), pero, al cabo de unos segundos, ya está diciendo que nos vayamos.
Termino: he dicho que te mereces un hueso, no que te lo vaya a dar yo.
A seguir gallofeando, que es lo tuyo y por hoy ya has tenido gratis una clase.
Publicado por: El Conde de Gamazo | 30/10/04 en 13:51
Ja ja ja... El mamarracho se ha picao. Oye,
que yo creo que hasta ha consultao bibliografía
el tío jodío. Cuidao con estos Juanote, que son
podencos. Me voy a la caseta a echarme la siesta.
Publicado por: DOG | 30/10/04 en 14:58
Joooooer, hacia tiempo que no venía pero como se ha puesto tu blog de intenso, me recuerda a los mejores tiempos de Voltereta.
Por cierto, me caeis todos cojonudamente, pero no pienso leerme el tocho ese.
Besos
Publicado por: Herme | 01/11/04 en 13:21
vuelve uno de pasar el finde que se merece y se encuentra con el gallinero alborotao...qué lata.
Veamos: DOG tiene razón, arthur y el imbécil, no, así que a joderse.
Por otro lado cada dia estoy mas harto del conde, asi que te puedes ir buscando otro blog porque voy a empezar a borrar todo lo que no me guste. Teniendo en cuenta lo que ya sabemos de ti, no tardarás en encontrar un sitio en el que insultar desde la sombra.
Aprovecho para despedirme de ti no sin antes decir que si te encuentro por ahí efectivamente te voy a poner en tu sitio. Por cierto, me alegra que sepas que hay un sitio en el que debes estar, lamento que tengas que esperar a que yo te ponga en él.
Y si por casualidad un día decides que tienes los huevos esos de los que presumes con lo de la orgía (y de paso te cito: excusatio non petita...Sal del armario, serás más feliz) y quieres decirme unas cositas a la cara, estaré encantado de verte.
Publicado por: juan | 01/11/04 en 17:42
Dear Conde
¿Tu en una orgía? Como mucho en la catásis del tomatazo chico.Respecto a mi envídia a las finlandesas, creo que te confundes. En todo caso sería a las escocesas o irlandesas más bien. Pero quien eres tu para hablar cuando has tenido una novia que se tiñe hasta los pelos del dedo gordo del pie, tiene silicon valley en el pecho y es más maruja que todo "Ambiciones" junto? Orgía en el gallinero has tenido tu. El Conde lo que tiene es envída de pene. Y por último parafraseando a Mary Catherine Gallagher "I am sorry you didn't know you were up against SUPERSTAR!!!"
Publicado por: Meri | 02/11/04 en 11:16
holaaaaa quisiera saber cuantos dias empollan los huevos de pajaro amarillo claro chaooooooooo
Publicado por: ana teresan | 14/11/04 en 14:34