Una vez que uno se ha metido en el mundo de las motos, cualquier ocasión para subirse a una es buena, sobre todo teniendo en cuenta que yo siempre he tenido cierta afición por minusvalorar las dificultades a las que me enfrentaba, así que haré un breve repaso de otras motos que han tenido la suerte o desgracia de caer en mis manos.
Lo primero es recordar a mi amigo Gonzalo, tan especialista como yo en hacer cosas un poco sacadas de madre, y propietario de una Honda MBX Hurricane de la primera serie, en realidad heredada de su hermano Sergio, y que nos sirvió para hacer muchas cosas.
La Hurricane era una moto como no se había visto nada igual en España. Mucho más sofisticada que los productos patrios, la MBX tenía refrigeración por agua, una válvula de escape y mandos que funcionaban la mayoría de las veces. Y a pesar de hacer poco ruido corría mucho, mucho. Unos 120 si pesabas poco, concretamente.
Mi amigo Gonzalo por aquellos años era un tipo de casi uno noventa, muy musculoso, y al que le gustaba salir de juerga tanto como a mi. Tendríamos 17 años él y 19 yo el día de verano que se nos ocurrió que sería una buenísima idea ir a la mítica discoteca Oh! en moto, cosa que no habría supuesto mayor problema de no ser porque estábamos en Guadalajara y en llegar a Oh! se tardaban cerca de dos horas, que por la tarde de un sábado se pasaron sin mayores problemas. Una vez allí hicimos lo típico, que era bebernos todas las copas que podíamos pagarnos, y casi a la hora de volver, que serían las 3 o las 4 de la mañana, a Gonzalo le pareció que no me debía ir de ahi sin pasar por la tradición de tirarme a la piscina que había en la discoteca.
La vuelta, otras dos horas, mojado de noche si que fueron divertidas.
En otra ocasión el mismo Gonzalo propueso que nos fuéramos a ver las carreras al Jarama. Aquella vez él se quedaba en Madrid y yo me tenía que volver a Guadalajara, y se las arregló para que su prima Olga, que hoy es una conocida directiva de Google España, me dejara su Vespa primavera. Nos fuimos él en su Hurricane a 100 por hora, yo en la Vespa de Olga algo más despacio. Vimos las carreras, comimos bocatas, nos reimos con la gente, y a la vuelta, según arranco la moto hace un ruido raro y cada vez iba mas y más despacio, así que me las arreglé para llegar a casa a eso de las 12 o la 1 de la noche, yo solo, con una vespa gripada o similar. Tengo que decir que Olga se lo tomó con suma deportividad.
Años más tarde Gonzalo se compró una Yamaha Virago y me la dejó un verano entero. La Virago me encantaba, aunque como moto no era nada del otro mundo, pero tenia ese aire Harley que me ponia de tan buen humor cuando iba a trabajar, traje y corbata al viento, en medio del calor de Madrid.
Comentarios