No sé vosotros, pero yo, siempre que he deseado algo con suficiente intensidad, lo he conseguido. No un par de veces, sino siempre. Soy un firme creyente en la fuerza del deseo, como también soy un profundo conocedor de que la realidad siempre es de inferior calidad que el deseo.
Prácticamente nunca una de las cosas que he deseado intensamente me ha dado tanta satisfacción una vez conseguida como cuando maquinaba y fantaseaba, y creedme, soy muy dado a fantasear y a desear.
Una de esas cosas que deseé desde el principio de su existencia, desde el mismo día que la vi en una revista, desde la primera mañana en que pasó a mi lado y casi me parto el pelo mirándola, fue la Triumph Thunderbird Sport.
Cuando nació, en 1997, en España las Triumph eran de un exotismo muy lejano, y esta moto, con su aire retro y sus dos escapes por un lado era una de las más exóticas de la marca. En la calle Goya había una aparcada en la esquina con Claudio Coello, de color amarillo, y alguna vez yendo yo en mi BMW me paré a verla y me quedé rato y rato admirando los cromados, las ruedas de radios pero con discos enormes, la pintura tan brillante...
En el otoño del 99, mi BMW empezaba a hacer cosas raras, la menor de las cuales era que su aspecto, que siempre me había encantado, se había vuelto más grisáceo y tristón, mientras que yo estaba entrando en uno de esos momentos de curva ascendente vital. Mi nueva vida, mi nuevo yo exigía sacrificios y renacimientos, necesitaba de progreso material y de alegría en las pupilas. Así que me fui a Triumph y no pude hacer otra cosa que comprarme esta moto:
La Triumph corre, frena, acelera y en general se porta como se deben portar las motos: muy bien. Si a eso le sumamos que tiene un motor de tres cilindros que vibra lo justo como para no ser una japonesa, que es una moto moderna pero con peculiaridades de carácter que la hacen más agradable y humana, y que en unos quince minutos de tenerla la manejaba más o menos como la Cady de bien, entenderá el lector avispado que para mi sea lo que es.
En estos ocho años le ha pasado más o menos de todo. Un día estábamos comiendo una paella en una casa de las afueras de Madrid cuando al anfitrión se le ocurrió pedírmela para darse una vuelta con su novia china recién aterrizada de Nueva York. En bañador. Freno fuerte al entrar en una curva y los dos se dejaron la piel del culo pegada al asfalto. Gracias a esa caída mi moto suena mucho mejor que nueva.
Como las motos de este estilo no suelen ser robadas, la mayoría de los robos son de motos deportivas japonesas y acaban hechas piezas en desguaces y talleres, la dejaba siempre desatada y sin bloqueo. Una noche en el Susan Pablo salió corriendo y dando gritos, yo le seguí y vi mi moto empujada por unos chavales de origen magrebí (¡toma ya eufemismo!) que la empujaban cuesta abajo, para tirarla al suelo al llegar al final de la calle.
Otra de las razones para atarla pocas veces es que los primeros años le ponía un candado en el disco de freno izquierdo, candado que en muchas ocasiones se me olvidaba quitar, provocando la rotura del soporte de la pinza del disco. La cosa era tan frecuente que los del taller llegaron a recomendarme que, ya puestos, lo pusiera en el freno derecho, que era más fácil conseguir la pieza.
En el 205 escribí esto, y caigo en el defecto de citarme a mi mismo, pero qué le voy a hacer, está muy bien contado:
salgo de la rampa del garaje con mucho cuidado de no atropellar a los peatones ni a la portera, encantadora señora que un poco más y me da dos besos de buenos días cada mañana. Llevo un casco abierto con gafas de aviador y unas gafas de sol. Bajo la calle sintiendo como la moto se va calentando, noto aire fresco colándose por las costuras de la ropa y los guantes.
Al llegar a la Gran Vía me cuelo entre los coches para coger el carril bus. Un acelerón que mueve la moto en la raya blanca y paso a unos treinta coches, uno de los cuales me hace girar bruscamente para esquivar la puerta que se abre. Paso de largo y cruzo el semáforo en un naranja ya muy tirante al rojo. Acelero, y oigo la moto que hace un ruido bronco. El semáforo de delante está cerrado y voy reduciendo marchas y frenando. La bolsa que llevo sujeta por una red en el asiento se apoya en mi, y el peso se pasa a las manos. Si aprieto un poco más puedo levantar un poco la rueda de atrás.
Se pone verde, y meto segunda, tercera, cuarta. Llego a la calle Alcalá, hay que tener cuidado al tomar la curva porque hay muchas rayas pintadas en el suelo y es divertido que se mueva la moto pero si te pasas un poco te la puedes dar. Además, hoy hay un montón de coches. Semáforo de la Castellana para seguir por Alcalá. El tío de la BMW al lado de mi mira mi moto con interés. Salimos los dos rápidos. Conozco el juego y sé que se va a picar. Lo hace y sale como una bala recto, sin mirar el hueco. Yo sí lo he visto y llego al semáforo entre el autobús y él, que ha tenido que pegar un frenazo y debe estar jadeando del susto. Sigo. La calle Alcalá es como una chicane de 4 kilómetros, llena de coches que entran por un lado y por otro, de camiones que paran a repartir y de semáforos descoordinados. Ya queda poco.
Recordaba la entrada que transcribes parcialmente. La recordaba porque me gustó lo de la sonrisa de cada día: es muy, muy exacto.
Publicado por: Hans | 19/12/08 en 9:22
yo también me acordaba bien; cosas del motero que se ve reflejado, aunque su moto no ande tanto
Publicado por: Cranston Snord | 19/12/08 en 18:17
Bonita serie de entradas...
Un compañero tiene esta graciosa historia viajando por África en una moto de 125 cc:
http://nateto.buzznet.com/user/journal/2949971/enjaulado-en-pretoria/
Por cierto, no creo que él esté muy de acuerdo con lo de que las Triumph no las roban, ya que en la puerta de tráfico, en Arturo Soria, le robaron una a plena luz del día...
Saludos
Publicado por: Jaime | 23/12/08 en 12:16