delante de mi se sienta Humberto; se le ve bronceado, conectado a su iphone oyendo, seguramente, los ritmos más modernos del momento mientras pierde la mirada en la pantalla de su iMac de muchísimas pulgadas, innovando la innovación mientras desprecia olímpicamente a los innovadores profesionales que nunca han pensado en nada original.
Humberto ha vuelto de vacaciones hace poco, y todo lo que cuento, desde la manera en que se pone los auriculares hasta el caer de párpados frente a alguna página web poco acertada, lo hace con ese aire relajado de quien ha estado de vacaciones recientemente y vuelve al cotidiano quehacer sin haber conseguido el tono agarrotado que corresponde al currante con mando en plaza.
No es la única persona a la que se ve así de suelta; alrededor mío la mayoría de la gente, desde el portero de la oficina hasta el que me echa gasolina tiene un aire de ligera ingravidez postvacacional, un poco postcoital si me apuras, que dentro de poco irá desapareciendo con la llegada del fresco del otoño y de la repetición de tareas.
Yo no me he ido de vacaciones así que estoy poco suelto, diríamos que el agarrotamiento es una parte de mi que no quiero y no puedo soltar, y que la tensión me va a ayudar, como siempre, a conjurar la fuerza, la suerte y las ganas para tirar hasta vuestras próximas vacaciones. A lo mejor el año que viene a mi también me toca.
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