el sábado por la mañana me levanté con un picorcillo en la garganta que no hacía presagiar nada bueno, picorcillo que el domingo seguía allí contumaz. Dos horas de gimnasio en la esperanza vana de que desapareciera y una tarde de domingo con la cabeza un poco volada y frenadol. Un catarro.
La noche empieza a las diez, se me caen los párpados, y duermo profundamente un sueño mareado interrumpido por suaves golpes de Eva, estoy roncando. Es lo que tienen los catarros. A una hora indeterminada, lloros infantiles. Es Lucas que ha decidido ponerse malo el día en que yo estoy malo.
Eva se lo trae a la cama. Le hacemos gracietas, cantamos canciones, nada. Chupetes, paseos. Nada. A lo mejor tiene sed, nada. ¿Hambre? Efectivamente, el bueno de Lucas se trasiega medio litro de leche a las tres de la mañana y se queda tieso en el acto, durmiendo Lucas, Eva y yo en la cama pasándonos nuestras miasmas alegremente, en el calorcito humano de una cama ya deshecha pero acogedora, diría yo que guarramente acogedora.
Mirando por la ventana de mi despacho se ve una de esas calles en las que casi nunca da el sol, y un receso de un edificio forma un área de sombra eterna. En ese receso vive un indigente que duerme, en una cama deshecha, guarramente acogedora, pero dura y fría y sin mujer ni niños que le tosan. De lo que no me cabe duda es de que a este pobre hombre le duelen muchas más cosas que a mi y yo quejándome como un idiota de que tengo tos.
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